El arte de envejecer; Cicerón

-un extracto sobre el placer y el amor a los trabajos de la tierra-

Vina en Ciceron Senectud - El arte de envejecer; Cicerón

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Dice Cicerón en “de senectude”, hablando de los placeres de los trabajos de la tierra asociada a la vejez.

Ahora me voy a referir a los placeres de los trabajos de la tierra, con los que yo disfruto enormemente, placeres que en absoluto les son impedidos a los ancianos. Al contrario, a mí me parece que están muy de acuerdo con la vida del sabio. En efecto su actividad se relaciona con la tierra, que nunca rehúsa lo que se le impone ni tampoco devuelve con reproche lo que recibió.

Algunas veces con menor abundancia, pero en la mayoría de las ocasiones, con creces. A mí, aunque no me dedico mucho a ella, me agrada la fertilidad natural de la tierra en sí misma. La tierra acoge la semilla esparcida en el surco mullido de arriba abajo. Primero la acoge en sus entrañas, de ahí el nombre de «occatio»(rastrillaje); después difunde la semilla arropada por la humedad de la tierra, y, su propia calidez, hace brotar la verdura en forma de hierba, que, aferrada a las raíces, crece espontáneamente erecta en un tallo nudoso.

Aún muy joven, se encierra en su vaina. Cuando sale de ella muestra su fruto en forma de espiga y se defiende de los picotazos de los insectos a través de un reborde de aristas.

¿Qué voy a comentar acerca del cultivo de la vid y de su crecimiento? Disfruto con este placer. Os lo digo para que conozcáis perfectamente el sosiego y las diversiones de mi vejez. En efecto, no paso por alto la fuerza generadora de la tierra, la cual hace que crezcan grandes troncos y ramas a partir de un insignificante grano de trigo, de una pepita de uva o de las diminutas semillas de otras plantas. ¿Acaso este engendro de estaquillas, plantones, semillas, vástagos, no producen placer a quién los observa con admiración? Así la vid, que es descendente por naturaleza, cae hacia la tierra, a no ser que se le ponga una estaca. Esta vid se asegura con sus propios zarcillos como si fuesen manos, para mantenerse levantada, la mayoría de las vides las encuentras así. La habilidad de los agricultores, cortando con la podadora la rama que serpentea errática de mil maneras, guía a la vid para que no se enreden sus sarmientos y no se extienda desordenadamente en todas direcciones.

En efecto entrando la primavera salen entre los nudillos de los sarmientos, que han sido cuidados, brotes semejantes a las yemas, que dan así origen a la uva que aparece, la cual va creciendo por la humedad de la tierra y por el calor del sol. En un primer momento es de sabor agrio, luego, resguardada por los pámpanos, que no sólo le proporcionan una temperatura moderada, sino también la defienden de los excesivos ardores del sol, cuando madura, su sabor se trueca dulce.

¿Tanto por su fruto como por su hermosura, qué nos puede proporcionar más alegría que la vid? A mí, como he dicho anteriormente, me agrada por su propia naturaleza, y por su belleza natural, por la alineación de las filas de estacas, y la operación de rodrigar y sembrar por mugrones las cepas, podar unos sarmientos y acodar otros. ¿Qué diré sobre su riego, sobre los surcos, sobre la bina, gracias a lo cual la tierra se hace mucho más fértil?

¿Qué he decir sobre el abono de la tierra? Lo expuse en aquel libro al que denominé «De agricultura». El sabio Hesíodo no hizo ningún comentario sobre estas labores cuando escribió acerca del cultivo del campo. Pero Homero, quien vivió muchos siglos antes, según me parece a mí, presenta a Alertes, que palía la añoranza de su hijo, cultivando el campo y abonando los árboles.

Las labores rústicas son placenteras por las mieses de la tierra, por los prados, por las viñas y arbustos, y también por los huertos, los árboles frutales, por los pastos para los animales, por la vigilancia y cuidado de las colmenas, por la variedad de todas clases de flores. Igualmente, uno disfruta con las siembras y con la labor de injertar, gracias a los cuales el cultivo del campo se hace mucho más agradable.

Podría seguir contando las numerosas satisfacciones que proporcionan las labores del campo, pero reconozco que lo expuesto, ya fue extenso. Os pido perdón por ello. Me he dejado arrastrar por el gran placer que supone trabajar el campo. Además, la vejez es muy locuaz y no quiero que creáis que reivindico la vejez alejada de todos los vicios. En este tipo de vida consumió sus últimos años M. Curio, después de vencer a los Samnitas, a los Sabinos y a Pirro. Yo, por mi parte, no puedo dejar de admirar la continencia de este hombre, y la disciplina moral de la época, contemplando su villa, que no dista mucho de la mía. Se cuenta que, a Curio, mientras descansaba sentado al fuego, los samnitas le ofrecieron una gran cantidad de oro y la rechazó respondiendo que a él no le importaba el oro, sino mandar sobre quienes lo tenían.

Cicerón en “de senectude”, hablando de los placeres de los trabajos de la tierra asociada a la vejez.

csl – labecos

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