Sobre la leña y el fuego

Lena calienta tres veces 1920 - Sobre la leña y el fuego

En los viejos tiempos, una vez que el sol se ponía, la única luz que tenía la gente, aparte de la luna cambiante y el firmamento de estrellas, era el fuego. Durante millones de años los seres humanos nos sentamos alrededor de hogueras, contemplando las llamas y las brasas encendidas, con frio y oscuridad a nuestras espaldas. Tal vez allí fue donde comenzó la meditación formal.

El fuego era una comodidad, fuente de calor, de luz y protección; peligroso, pero controlable si se manejaba con cuidado. Sentarnos junto a él nos relajaba al final del día. Bajo su parpadeante luz podíamos contar historias y hablar del pasado, o limitarnos a estar callados contemplando los reflejos de nuestra mente en las llamas siempre cambiantes y los brillantes paisajes de un mundo mágico. El fuego hacia soportable la oscuridad, y servía para que nos sintiéramos seguros y a salvo. Era tranquilizador, fiable, reparador, meditativo y absolutamente necesario para la supervivencia.

Esta necesidad ha desaparecido de nuestra vida cotidiana y, con ella, casi todas las ocasiones de estar quietos. En el apresurado mundo actual, el fuego resulta poco práctico o es un lujo que nos damos de vez en cuando para establecer cierto ánimo o crear un ambiente. Solo tenemos que mover un interruptor cuando la luz exterior comienza a apagarse. …

Hoy en día la vida nos deja poco tiempo para ser, a menos que nos lo tomemos a propósito. Ya no disponemos de un tiempo fijado en que debíamos dejar lo que estábamos haciendo porque no había luz para continuar; nos falta ese tiempo que antes teníamos cada noche para hacer cambio de marcha, para desentendernos de las actividades del día. Tenemos muy pocas ocasiones para que la mente se asiente en la quietud junto al fuego.

Como asumir su propia identidad., pág. 127 y 128 Jon Kabat-Zinn.

En esta reflexión Jon Kabat-Zinn hace referencia a lo que en Mindfulness se refiere al modo hacer y al modo ser, ese es el cambio de marcha que deberíamos hacer para dormir. En nuestra cultura está muy empoderado el modo hacer y hay que realizar un buen esfuerzo consciente para ponerse en modo sentir y abandonar las tareas pendientes para el día siguiente y entregarse a como sentimos las cosas, el cuerpo, a nuestro sentir.

La leña verde y dura recién cortada, aunque la usaba poco, respondía a mis propósitos mejor que cualquier otra. A veces, cuando iba a darme una vuelta en una tarde de invierno, dejaba un buen fuego, y a mi regreso, tres o cuatro horas más tarde, lo encontraba aún vivo y resplandeciente. Mi casa, pues, no quedaba desierta siquiera en mi ausencia. Era como si hubiera dejado allá un animoso casero. Allí vivíamos el Fuego y yo; y mi casero se reveló siempre digno de la mayor confianza. Sin embargo, un día en que me encontraba tajando astillas, se me ocurrió mirar hacia el interior de la casa, asomándome a la ventana, por ver si el fuego habría causado algún accidente; es la única vez, que yo recuerde, en que me he sentido preocupado por esta razón.

Miré, pues, y vi que una chispa había prendido en las ropas de mi cama; cuando la hube extinguido, había consumido ya de aquellas una porción tan grande como mi mano. Pero mi casa ocupaba una posición tan soleada y recoleta, y su techo era tan bajo, que podía permitirme el dejar que la lumbre se extinguiera mediado el día en invierno. Los topos anidaban en mi bodega, mordisqueando una patata de cada tres y haciéndose un lecho bien arropado con algunas crines sobrantes del revoque y con papel de estraza, pues incluso los animales más salvajes gustan del calor y de la comodidad igual que el hombre, y superan el invierno sólo porque han sido lo suficiente precavidos para asegurárselos de antemano. Algunos de mis amigos hablaban como si mi propósito al venir al bosque no fuera otro que el de congelarme. El animal se limita a prepararse un lecho, que calienta luego con su propio calor; pero el hombre, descubridor del fuego, encierra cierta cantidad de aire en un compartimento y procede luego a calentarlo, en lugar de robarse a sí mismo; seguidamente, hace que su lecho, en el que puede recogerse libre del aprisionamiento de ropas gruesas, mantenga una especie de verano en medio del invierno; por medio de ventanas da entrada a la luz, y aun alarga con su lámpara la duración del día. Le gana así un par de pasos al instinto, y se hace con algún tiempo extra que dedica a las bellas artes. De modo que, si después de haber estado expuesto a los más crudos embates del clima durante demasiado tiempo mi cuerpo adolecía de cierto sopor, cuando me incorporaba a la acogedora atmósfera de mi casa, recobraba pronto mis facultades plenas y prolongaba mi vida. Con todo, ni siquiera el hombre mejor alojado puede vanagloriarse de ello, ni es necesario que especulemos con el fin que le espera finalmente a la raza humana. Sería fácil segar sus hilos en cualquier momento con una ráfaga más cruda del Norte. Seguimos fechando con el recuerdo de los Viernes Fríos y las Grandes Nevadas; pero un viernes un poco más frío o una nevada algo mayor pondrían fin a la existencia del hombre en la tierra.

El invierno siguiente, y por economía, me serví de un pequeño fogón para cocinar pues, el bosque, al fin y al cabo, no era mío; sin embargo, no conservaba el fuego tan bien como el hogar abierto. Entonces, el cocinar había dejado de ser ya un lance poético para convertirse en simple proceso químico.

En estos días de hornillo y demás, pronto se olvidará que solíamos asar patatas en las cenizas, a la manera de los indios. No sólo ocupó espacio aquella estufa, amén de dejar olor, sino que ocultaba el fuego, y yo me sentí como si hubiera perdido un compañero. Siempre es posible descubrir un rostro en las llamas.

Al mirarse en ellas al anochecer, el labrador purga sus pensamientos de la escoria y el polvo que se han adherido a ellos durante la jornada. Pero ¡ya no podía sentarme a contemplar el fuego! y las ajustadas palabras del poeta acudieron nuevamente a mi recuerdo con mayor fuerza:

Never, bright flame, may be denied to me

Thy dear, life imaging, close sympathy.

What but my hopes shot upward e’er so bright?

What but my fortunes sunk so low in night?

Why art thou banished from our hearth and hall,

Thou who art welcomed and beloved by all?

Was thy existence then too fanciful

For our life’s common light, who are so dull?

Did thy bright gleam mysterious converse hold

With our congenial souls? secrets too bold?

Well, we are safe and strong, for now we sit

Beside a hearth where no dim shadows flit,

Where nothing cheers nor saddens, but a fire

Warms feet and hands —nor does to more aspire;

By whose compact utilitarian heap

The present may sit down and go to sleep,

Nor fear the ghosts who from the dim past walked,

And with us by the unequal light of the old wood fire talked.

«Que nunca, llama brillante, pueda negárseme

tu cara y firme simpatía, imagen de vida

¿Qué, si no mis esperanzas, se elevó tan resplandeciente?

¿Qué, si no mi suerte, se hundió tanto en la negrura?

¿Por qué eres proscrita de nuestros salones y hogares,

tú, la bien acogida y amada de todos?

¿Tan fantástica era tu existencia

para la ordinaria luz de nuestra vida gris?

¿Acaso tu brillante fulgor se regaló en misterios

con nuestras receptivas almas? ¿con secretos demasiado audaces?

Ya estamos seguros y fuertes de nuevo, aposentados

junto a un hogar donde no revolotean sombras confusas

donde nada alegra ni acongoja, y un fuego

calienta manos y pies, y a nada más aspira;

junto a cuya forma utilitaria y compacta

el presente puede recogerse y dormir

sin temor a los fantasmas venidos del pasado oscuro

para hablarnos a la incierta luz del viejo fuego de leña».

Walden Pont, Pag. 170,171; Henry Thareau

El fuego habitaba en casa de Thareau como uno mas y juega con el calor propio y el que aporta el fuego. También alaga la prolongación del día con la luz que nos provee para dedicarlo a las «bellas artes». y el hecho de esconder el fuego en un pequeño fogón para cocinar lo convirtió en un proceso químico en vez de una tarea poética, como si hubiera perdido a un compañero.

Los antiguos cuentos de hadas son antiguos mapas que nos ofrecen orientación para el desarrollo de seres humanos completos. La sabiduría de estos cuentos llega hasta nuestro tiempo desde una época anterior a la escritura, después de haber sido narrados durante miles de años alrededor de hogueras y hogares.

Como asumir su propia identidad, pág.68; Jon Kabat-Zinn

Porqué un método de calefacción prehistórico puede y debe convivir con la conexión a internet.

La leña calienta tres veces:

Cuando la sacas del bosque y la transportas a la casa.

Cuando la cortas en la casa.

Y cuando la quemas en la chimenea, en la cocina, en la lareira.

Lars Mytting en “El libro de la madera” (Alfaguara)

El CO2 que el árbol va almacenando en su crecimiento, lo libera, una vez talado. Podemos aprovechar esa inevitable emisión quemándola o se ira produciendo según se vaya descomponiendo.

Para quemar la madera con buen rendimiento y económicamente se requieren varias cosas. La madera se ha de quemar en el piso y no sobre una rejilla. El fuego tiene que hacerse en un recinto, y hay que disponer de algún método de regulación del tiro. Un gran fuego abierto es muy romántico, pero todo lo que hace es reconfortar el corazón, enfriar la espalda y calentar el cielo. Donde se dispone de madera sin limitaciones puede estar justificado este gran fuego, pero en la mayoría de los casos no lo está.

John Seymour. La vida en el campo, Ed. Blume 1980

John Seymour se pone en modo técnico muy atento a sus sensaciones

csl – labecos

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